16 de febrero de 2026
Colombia siempre estuvo cerca
Ramón Alemán
En más de una ocasión he dicho que, desde el punto de vista lingüístico, las islas Canarias son el país más oriental de Hispanoamérica. Nuestro dialecto, que, según algunos sabios conocedores de los entresijos de la lengua, es el auténtico ombligo del español –a medio camino entre Andalucía y el Caribe, acunado por la mar océana, con influencias centenarias de ida y vuelta…–, nos hace en cierta forma ciudadanos del Nuevo Mundo. De eso ya se dio cuenta hace muchos años el cantante panameño Rubén Blades, y lo dejó por escrito en una canción titulada En Canarias. Decía el artista: «Cuando se escucha hablar a un canario, se reconoce la voz de un paisano; tienen la chispa y la picardía que tenemos los americanos».
Es verdad que en ciertos aspectos sintácticos el dialecto canario está más próximo al español de la península Ibérica, algo que seguramente tiene mucho que ver con la cercanía geográfica, el poder político ejercido por la metrópoli en estos siglos y la influencia de los medios de comunicación de cobertura nacional, que se dirigen a nosotros –los canarios– en un dialecto que no es el nuestro. Por poner solo un ejemplo, en las variedades castellana, andaluza y canaria el verbo contactar se suele usar como intransitivo (Pepe contactó conmigo); sin embargo, para muchos hablantes del continente hermano es transitivo (Pepe me contactó). Pero, dejando a un lado la lupa gramatical, me quedo ahora con el palpitar de la calle –el que inspiró la canción de Rubén Blades– y les cuento algo que me ocurrió recientemente en Venezuela.
El pasado mes de octubre viajé a Caracas y buena parte del tiempo estuve solo; caminando por las calles del centro, moviéndome en metro, entrando en tiendas, preguntando en puestos callejeros… Abrumado por la infinita amabilidad de los caraqueños, llegué, erróneamente, a la conclusión de que eran educados conmigo por simple hospitalidad: «Qué bien tratan a los turistas», pensé. Poco a poco me fui percatando de que yo pasaba por caraqueño, no por visitante, y comprobé, por tanto, que esa cortesía era en realidad una seña de identidad de los venezolanos y no un acto de simpatía hacia los extranjeros. Y pasaba por caraqueño porque, cuando abría la boca, mi manera de hablar era prácticamente igual a la de ellos, de tal modo que muy pocos se daban cuenta de que yo no era de allí, tal vez solamente los de oído más fino.
Esa experiencia me p
ermitió confirmar que, definitivamente, Canarias es el país más oriental de Hispanoamérica. No sé si eso tiene alguna relación con el hecho de que en 2013 los responsables de la sección de blogs del periódico colombiano El Tiempo se pusieran en contacto conmigo para ofrecerme que publicara mis artículos en la página web de ese diario. Acepté de inmediato, y el hermano americano de mi lavadora compartió con el primogénito los años de mayor actividad de esta bitácora. Todo empezó a languidecer en 2017, cuando mi gasolina se fue agotando y la rutina terminó de apagar la pasión que hasta entonces me unía al blog. Ese mismo año se congeló mi colaboración con Colombia, aunque publiqué algunos artículos más en la matriz canaria. Ahora, quince años después del nacimiento de Lavadora de textos, no solo estreno web, sino que resucito el blog. Y, por supuesto, en esta nueva etapa retomo mi colaboración con el periódico El Tiempo.
Sin embargo, y parafraseando el «Rosario siempre estuvo cerca» del cantante argentino Fito Páez, debo reconocer que Colombia nunca se alejó de mí; de hecho, lleva a mi lado más tiempo del que yo pensaba. Estuvo aquí desde que los diferentes dialectos del país empezaron a colarse en todas las casas de España a través de telenovelas como Caballo viejo y Yo soy Betty, la fea, a las que más recientemente siguieron otras, como La reina del flow y Pablo Escobar, el patrón del mal. Ese formato, el de la telenovela –injustamente menospreciado por las élites culturales–, nos sirvió, además, para que conociéramos en España el humor, la amabilidad, la gastronomía y los recientes sufrimientos del pueblo colombiano.
Aprovecho para recomendarles la lectura del artículo «De las telenovelas a la dialectología», en el que la lingüista colombiana Rocío Nieves Oviedo nos habla de la serie Caballo viejo y analiza el dialecto (¿realista o forzado?) que emplean los actores en los diálogos. Lo pueden leer haciendo clic aquí.
También estaba presente Colombia cada vez que el lingüista español Alberto Gómez Font dejaba de lado su castellano formal para hablarme en un inesperado paisa –el acento del departamento en el que vivió parte de su infancia– en conversaciones cercanas y espontáneas; y estaba cuando Mónica, una amiga colombiana de mi familia, pasó varios meses en casa de mi madre, y en los almuerzos, sentados todos a la mesa, me decía: «¿Me regalas un poco de agua?». Y está entre los incontables colombianos que viven y trabajan hoy en Canarias, algunos de los cuales me sorprendieron en el pasado al usar el pronombre usted donde yo usaría el tú, para demostrarme que la lengua es mucho más que un manual de gramática: es sensibilidad, formas de estar en la vida, respeto, expresividad, emociones…
Y está en Instagram –la única red social que tolero, aunque uso casi todas–, donde el algoritmo me ha puesto ante los ojos decenas de perfiles en los que me explican, por ejemplo, que en ciertas partes de Colombia se usa la fórmula de tratamiento sumercé –o sea, su merced– (registrada, con esa grafía soldada, en el Diccionario de americanismos de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española), o me dan clases de colombiañol con las que puedo reírme mientras conozco el léxico y la cultura del país.
Sí, Colombia, tan amable (¿sabían que la periodista española Almudena Ariza ha propuesto declarar la amabilidad colombiana como patrimonio inmaterial de la humanidad?), siempre estuvo cerca –aunque yo no era consciente de ello– y, como ocurre con esas personas que te saludan con afecto inalterado después de años de ausencia, me permitió días atrás reanudar el largo abrazo trasatlántico que comenzó en 2013 gracias al blog Lavadora de textos y al periódico El Tiempo.
