5 de junio de 2026
Defensa desapasionada del dialecto canario
Ramón Alemán
El pasado 30 de mayo se celebró el Día de Canarias y, como suele ocurrir todos los años en vísperas de fecha tan señalada, los medios de comunicación y las redes sociales se llenaron de mensajes chovinistas cuyos autores (periodistas, locutores, humoristas, influentes, creativos de marcas comerciales y de la Administración…) expresaban, de una u otra forma, lo afortunados que se sienten por haber nacido en el lugar más hermoso del planeta, por ser los más amables y hospitalarios del mundo y por hablar la variedad más dulce del español.
Yo, que no tengo ninguna necesidad de celebrar el Día de Canarias para saber lo que significa ser canario, siento mi canariedad como algo emocional e intransferible –una estela de sensaciones, rutinas y recuerdos que se extiende desde mi infancia hasta el presente–, pero no creo ni por asomo que Canarias sea el lugar más hermoso del planeta (cuántos paisajes bellísimos, incluidos algunos de Canarias, habrá en el mundo…) ni que aquí seamos más hospitalarios que en otros lugares (unos canarios lo son, otros no, como en todos lados) ni que mi variedad lingüística sea la más dulce del español (la mía no lo es cuando estoy enfadado, por ejemplo). Me gusta ser canario porque soy canario, pero no veo en la canariedad nada extraordinario: mi amor por esta tierra, por sus olores, sus sabores, sus sonidos y algunos de sus hábitos comunitarios es tan subjetivo, telúrico y fruto del azar como lo es el que siente un aragonés por Aragón o un habanero por La Habana.
De entre las muchas formas que tienen algunos de mis paisanos de decirle al mundo lo canarios que se sienten, se ha puesto de moda, especialmente en las redes sociales, pero también en las radios y las televisiones de las islas, meter un canarismo en cada oración y convertir nuestros rasgos fónicos en una grotesca caricatura de lo que realmente es la modalidad canaria. Olvidan estas personas que no por repetir hasta la saciedad voces como gofio, guagua, millo, baifo o alongarse –canarismos todas ellas– o por aspirar exageradamente el fonema /s/ al final de una sílaba están dignificando nuestro dialecto; en realidad, es posible que estén haciendo lo contrario.
Por eso es tan importante que haya expertos que nos expliquen sin estereotipos ni patrioterismo qué es realmente hablar canario y cuáles son las características de nuestra variedad. El lingüista Humberto Hernández acaba de publicar un libro que cumple esa misión: No hay dialecto pequeño (Pie de Página, 2026), una selección de los artículos que el expresidente de la Academia Canaria de la Lengua ha escrito en medios de comunicación de las islas en los últimos años. La obra está prologada por la lingüista Lola Pons, una pluma que le viene al libro como anillo al dedo, pues Pons conoce mejor que nadie la historia de la «gran disidencia» andaluza, esa espontánea revolución lingüística que tuvo lugar en el siglo XV en Sevilla y por la cual los invasores llevaron a Canarias y a América un español más moderno que el que se hablaba por entonces en Castilla.
La primera parte de No hay dialecto pequeño se titula «Por una defensa desapasionada del español», en discrepante referencia a Defensa apasionada del idioma español, título de un libro del periodista Álex Grjielmo. Yo le sigo el juego a Humberto Hernández y le he dado a este artículo que leen el título «Defensa desapasionada del dialecto canario» porque eso es lo que hace el autor en esta nueva obra: defender la variedad canaria sin adorarla, divulgar su naturaleza sin idolatrarla y honrar su existencia sin caricaturas ni chabacanerías. Lo hace con conocimiento de causa, con método científico y con la satisfacción de quien sabe que el dialecto canario es uno de los más y mejor estudiados del ámbito hispánico, en parte gracias al trabajo del propio Humberto.
Con el título de esa primera parte del libro podremos entender que la colección de artículos no está dedicada en exclusiva al canario. Efectivamente, el autor nos habla también de anglicismos, de ortografía, de nuevas palabras, de los distintos registros de la lengua o «De política lingüística y de otras políticas», que es el título de la segunda parte. Sin embargo, a lo largo de toda la obra se advierte una intención de contemplar nuestro idioma desde la orilla de los dialectos; cosa normal si se tiene en cuenta que, como nos aclara Hernández, «una lengua es una integración de dialectos con el mismo nivel jerárquico», pese a que, en el caso del español, durante siglos y hasta hace bien poco se nos vendió que el castellano –o sea, el español que se habla en el centro y el norte de la península Ibérica– era la norma, lo único correcto, y no lo que realmente es: uno más de los muchos dialectos de nuestra extensa lengua.
Esa querencia por lo dialectal –y por el dialecto canario– se desparrama definitivamente en la tercera y última parte del libro, titulada «Los dialectos son geniales (sobre la diversidad lingüística)» y que contiene diecisiete artículos. Humberto nos explica aquí, con ciencia, con sensibilidad y desapasionadamente, los rasgos esenciales de nuestra modalidad, sus lazos con el Caribe y las razones por las que hay que defender un habla, la canaria, que –nos recuerda el autor– es una de las ocho grandes variedades geográficas del español, junto con el castellano, el andaluz, el mexicano y centroamericano, el caribeño, el andino, el austral o rioplatense y el chileno (algunos lingüistas añaden una novena variedad: el español de Estados Unidos).
Ese solo hecho, el hecho de que el canario, con sus singularidades léxicas, gramaticales y fónicas, forjadas durante siglos por un pueblo modesto en un territorio pequeño y fragmentado, sea una de las ocho grandes variedades de nuestro idioma, o sea, una poderosa seña de identidad, y no una manera simpática, pintoresca y dulce (a oídos de otros) de usar el español, es razón más que suficiente para que yo, canario y amante de la lengua española, les recomiende la lectura de No hay dialecto pequeño y para que yo, hablante canario y amante de Canarias, les recuerde a algunos periodistas, locutores, humoristas, influentes y creativos canarios que para reivindicar nuestro dialecto hay que respetarlo, no disfrazarlo y exhibirlo como un mono de feria.
