6 de febrero de 2026
Se fue Pepe, nos queda Sousa
Ramón Alemán
Hoy debería ser para mí un día alegre porque, después de varios años de abandono e indiferencia –de mí hacia él–, he hecho las paces con el blog Lavadora de textos, que ya me ha perdonado y me está permitiendo alojar en sus estancias las líneas que ustedes están leyendo, con las que celebro el decimoquinto aniversario de esta página web y, en consecuencia, del propio blog, que vio la luz el 17 de enero de 2011.

La fiesta de cumpleaños debió haber tenido lugar ese mismo día 17, pero yo quería aprovechar tan señalada fecha para presentarles la nueva web de Lavadora de textos, y eso no ha sido posible hasta hoy. Así que aquí me tienen, el 6 de febrero de 2026, mirando hacia atrás, contemplando esos quince años y preguntándome por qué el tiempo empieza a correr tanto a medida que nos vamos acercando a donde nunca queremos llegar.
Como he dicho en otro sitio, en 2011 estaba yo recién salido de la apacible comarca en la que me ganaba el pan como corrector de prensa asalariado y aburguesado; un corrector feliz porque lo dejaba casi todo en manos de la Real Academia Española, única autoridad a la que le pedía que resolviera mis dudas. «Eso no lo acepta la RAE», solía decirles a mis compañeros periodistas cuando me encontraba con una palabra o un uso que no había recibido la bendición de la Docta Casa, y me quedaba tan ancho, porque pensaba que esa era la legítima función de la RAE: aceptar o condenar. También les hacía caso a otras voces, claro está, pero no tanto como a la de la real corporación.
Al salir de aquella comarca, cual Frodo Bolsón en El señor de los anillos, comencé la aventura lingüística que me ha llevado hasta aquí –apenas la mitad del camino, espero–; una aventura llena de criaturas maravillosas que ponían en duda, cuando tocaba, esa autoridad de la Academia que a mí me parecía tan indiscutible. Por el camino me fui tropezando con Alberto Gómez Font, con Humberto Hernández, con José Antonio Pascual, y escuché los susurros sabios de María Moliner, Manuel Seco, Ángel Rosenblat, Rufino José Cuervo, Andrés Bello, Julio Casares, Joan Coromines…

En ese andar, un buen día di con mi Gandalf particular; mi brujo mi mago, mi maestro. En sus obras, José Martínez de Sousa ponía orden (ortográfico, ortotipográfico y tipográfico, principalmente) en aquellos lugares de la escritura donde todo era desierto, y me daba respuestas a preguntas que yo no solía hacerme cuando era corrector de prensa –porque ya he dicho que era un corrector asalariado y aburguesado–, pero que ahora podían llegar a atormentarme.
No, yo no me complicaba mucho la vida antes de salir de la comarca para empezar mi aventura lingüística, pero cuando decidí que iba a vivir de este oficio como autónomo –como emprendedor, como freelance…–, reanudé con la lengua española una pasión adormecida que ahora se exacerbaba, por ejemplo, cada vez que consultaba (y lo hacía compulsivamente) los manuales de Sousa: Ortografía y ortotipografía del español actual, Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, Diccionario de usos y dudas del español actual, Manual de estilo de la lengua española…
Poco después, en marzo de 2012, tuve el honor de conocerlo en persona, y ese mismo día me obligó a llamarlo Pepe y a tutearlo. Así lo hice. Y conocí su irresistible sentido del humor, su ironía, su humildad, su miedo a volar…
José Martínez de Sousa murió el pasado 27 de enero a los noventa y dos años. Para mí fue un día triste, que comenzó con wasaps de gente del gremio en los que, desde distintas ciudades de España, me confirmaban la noticia o me preguntaban si era cierta. La alegría por el inminente parto de la nueva web –alegría ansiosa que me acompaña desde hace meses y que había aumentado en los últimos días– se vio envuelta de pronto en una suerte de añorante enojo porque, lo que son las cosas, este blog que ahora vuelve a despertar le debe tanto a José Martínez de Sousa que, aunque yo sabía que él estaba enfermo y casi partiendo desde hacía mucho, me pareció improcedente esta resurrección digital en días tan inoportunos, tan de melancolía.
Por eso comencé este artículo diciendo que «hoy debería ser para mí un día alegre», con lo cual afirmaba que no lo es. Sí, son días tristes, o nostálgicos, porque Pepe, el hombre que me llamaba ocasionalmente por teléfono y empezaba la conversación con un «¡hola, majo!», se ha ido. Sin embargo, la tristeza se disipa cuando me veo consultando todos los días esas biblias suyas, todas amarillas –el color de Ediciones Trea–, todas con las cubiertas andrajosas por un amoroso manoseo que ya dura años.
Es cierto que se fue Pepe, pero nos queda el maestro José Martínez de Sousa, el ortógrafo y ortotipógrafo, el lexicógrafo, el que solo le daba la razón a la RAE cuando la tenía; el hombre que, según sus propias palabras, aprendió por su cuenta y riesgo lo que necesitó cuando le hizo falta, y todo lo aprendido lo volcó en monumentales manuales para que hoy yo pueda seguir dándole las gracias.
